El Dr. Emeterio Regunaga

por | Oct 18, 2017 | Invitados | 2 Comentarios

Todo lo que no deberíamos olvidar de nuestro primer senador
Prof. Aldo Solé Obaldía

Introducción

 

Sobre Carlota Ferreira se ha escrito mucho, desde la Historia y la ficción. En cambio, ¿qué se recuerda del Dr. Emeterio Caledonio Regúnaga? Sin embargo, este hombre, el primer y más duradero esposo de Carlota, no fue un personaje menor en aquellos turbulentos años en la medianería del siglo XIX: héroe e inválido de guerra, uno de los más destacados juristas de su tiempo en el país, primer senador de nuestro departamento, titular de cargos públicos importantes, ministro dos veces de dos ministerios y negociador y firmante de la Paz de Abril.

En San José, un memorial de esta paz tiene inscripto su nombre, pero en Florida ninguna calle lo recuerda, a pesar de que sus restos descansan en el Panteón Nacional.

Su figura trascendió las intrigas, los escándalos y lo honores.

Cuando Carlota conoció a Juan Manuel Blanes en su taller, venía de luto y portando fotos de Regúnaga para encargarle un retrato, a pesar de ser ya viuda por segunda vez. De este encuentro nacería un turbulento amorío. Fruto de este turbulento amorío no nació un hijo, pero sí el cuadro más famoso y emblemático de toda la pintura uruguaya: el retrato de Carlota Ferreira, pero, ¿y qué se sabía del retrato de Regúnaga? ¿Lo llegó a pintar? Hasta ahora, algunos investigadores lo dudaban.

Pero el cuadro existe y no es una obra menor.

Como resultado de esta investigación, hemos dado con el retrato olvidado del Dr. Regúnaga que se conserva en el Museo Nacional y cuyo apellido está correctamente escrito, es decir, sin tilde, que en la lengua vasca no existe: Regunaga.

Pero como hemos adelantado, fruto de aquel primer encuentro, Blanes pintaría un retrato de Carlota, que aparece como la viuda de Regúnaga, a pesar de ser viuda por segunda vez, que se convertiría en el ícono de la pintura uruguaya, obra que ha asombrado a críticos, artistas e historiadores del arte; a nacionales y a extranjeros. Más aún, si se tiene en cuenta la misteriosa historia de amor que hay detrás.

Cuando Margherita Sarfati, la antigua amante y asesora en arte de Benito Mussolini, llegó al Río de la Plata, trabajando en Montevideo como crítica de arte, rápidamente se percató de la singularidad de aquel cuadro. “No fue la primera en advertirlo, pero su autoridad le concedió otro estatus a un producto que los compatriotas de Blanes encontraban algo “hard””, destaca Miguel Carbajal.[1]

Es la obra más repensada por los pintores uruguayos, recreándola desde la estética expresionista, fuvísta, etc., como suele suceder, con las grandes obras de la pintura que generan en las posteriores generaciones de artistas, sensaciones inquietantes, que pueden ir desde la admiración y el homenaje hasta la irreverencia.

Es a Florida, donde corresponde recuperar la imagen del Dr. Regúnaga. Y decimos que si no la obra original de Blanes, al menos la imagen. Hasta el momento aparecía en los libros de estudios departamentales, solamente figurando como el primer senador de nuestro departamento. Nadie había reparado que se trataba del primero de cuatros esposos de una mujer que tiene su historia propia, y desde luego, mucho más interesante.

Que sea entonces, ese el pretexto para repensar a Regúnaga, en su historia, en su legado y en su imagen y sea asimilado como un personaje atendible entre lo más significativo de la rica historia de nuestro departamento.

Su vinculación con el departamento, es cierto, no fue ni muy perdurable, ni tan trascendente como el de otros personajes, pero sí muy importante y nada justifica tanto descuido. Recordar a nuestro primer senado no es poca cosa y menos, cuando de su figura se bifurca una historia tan impactante, de la cual el departamento debería saber sacar provecho.

Para eso, aquí nuestro aporte. Y aclaramos que esta es una versión resumida de un trabajo mayor a publicar.

 

I
 El país que quedaba atrás al crearse el Departamento de Florida

 

 

Cuando el Departamento de Florida se crea, separándolo del Departamento de San José[2], habían transcurrido 26 años del accidentado nacimiento de la república y sólo habían pasado 4 años desde que se pusiera fin a la Guerra Grande, conflagración fraticida que duró 13 años y que puso a prueba la viabilidad de la flamante y endeble república nacida en imprevistas circunstancias.

La Guerra Grande había comenzado como poco más que un problema personal entre los dos grandes caudillos de nuestro país, los generales Rivera y Oribe, dando vida a las dos colectividades políticas tradicionales. Pero en función de unos límites políticos demasiado incipientes y de una visión política de estos líderes tan arcaica como irresponsable, el conflicto rápidamente se internacionalizó, con la intervención de los bandos argentinos (unitarios y federales) de los dos grandes imperios (Gran Bretaña y Francia) y finalmente con la intervención decisiva del Imperio del Brasil.

Finalizado el conflicto, el país había perdido 13 años de progreso, había retaceado soberanía, había multiplicado su deuda, y estaba en un punto muerto de su economía como el día en que se juró su constitución.

Los nuevos gobiernos deberían afrontar los intereses creados durante la guerra  en ambos bandos, que literalmente habían estado gobernando el país partido en dos: el Gobierno del Cerrito desde el que los blancos dominaron toda la campaña y el Gobierno de la Defensa en el que los colorados soportaron una fanática resistencia haciendo durante años de Montevideo, su último bastión.

Se hacía imprescindible repensar al país y trazar una nueva política para evitar una nueva conflagración. Un diagnóstico de lo que había pasado, para evitar que se repitiera otra devastadora guerra. Algo parecía estar claro, al menos para las mentes más lúcidas del momento: los bandos creados para las distinciones en los campos de batallas, ya no tenían sentido que existieran y tampoco era conveniente para la paz pública que perduraran.

Había que implementar una forma nueva de hacer política, donde hubiera lugar para que convivieran los antiguos enemigos. Eso trató de hacer la Política de Fusión. Pero pronto se demostraría que aquella nueva política era más una teoría que una convicción. Respondía más a un deseo que a una realidad, y en el fondo, era el deseo de unos pocos. Serían más las dudas que las certezas. La constitución dejaba muchos vacíos para implementar efectivamente una política así y por otro lado, siendo la Política de Fusión un invento de algunos “doctores”, pronto se vio que detrás de esta novedad, había un intento de desplazar a los caudillos, ya que aquellos culpaban a estos de ser los causantes de la Guerra Grande.

Al año de asumir el primer presidente de la Fusión, el Dr. Francisco Guió, se refugió en la embajada francesa, al no poder evitar contener la violencia política, reinaugurada por un motín de un grupo denominado Partido Conservador, que no era otra cosa más que un sector doctoral del bando colorado.

Una vez más, habría cualquier cosa menos orden y legalidad, y en poco tiempo, el Gral. Venancio Flores, asumía como gobernador provisorio en condiciones irregulares.

Flores era un antiguo caudillo colorado que había crecido bajo la influencia de Rivera y que una vez fallecido éste (enero de 1854), se encauzó como su heredero natural.

Pero Flores tampoco las tendría fáciles. La población del país era escasa pero la problemática política muy compleja. Los conflictos de intereses no se limitaban a caudillos y “doctores”, ni a los antiguos rivales de los bandos blanco y colorado, ni entre fusionistas convencidos y desilusionados.

El Partido Conservador continuaría conspirando desde Montevideo, su bastión natural, mientras Flores intentaba agrupar a los caudillos colorados y el Partido Blanco se reorganizaba en torno a Oribe, su líder fundacional.

Otro de los tantos motines conservadores obligó a Flores a huir de la capital y refugiarse en la cercana Villa de la Unión[3], bastión de Oribe que lo fundara en tiempos en que sitió Montevideo.

En ese momento, Manuel Oribe se encontraba en Europa, pero Flores igualmente pudo pactar con Ignacio Oribe, hermano de Manuel, con el que había total sintonía y con el que habían compartido todas las andanzas. Cuando en 1857, regresa Manuel Oribe, confirma todo lo acordado por su hermano.

El Pacto de la Unión (11 de noviembre de 1854), demostró que los caudillos aún tenían un mejor sentido de la política. A partir de este pacto, se inaugura la Política de Pactos entre caudillos, donde se demuestra que estos, pueden acordar planes viables sin dejar de lado sus diferencias y sus identidades. A partir de aquí, la Política de Fusión tenía los días contados.

Flores había ido a buscar a la Unión, respaldos para recuperar Montevideo. Respaldo de caudillos blancos que permitió desplazar a un desestabilizado bando doctoral colorado.[4] Pero en ese pacto se acordó mucho más: Flores renunciaba de inmediato a la Presidencia, dejando en su lugar a Manuel Basilio Bustamante, hombre de su confianza; ninguno de ambos caudillo se postularía a las siguientes elecciones y en su lugar postularían a un candidato en común, el Dr. Gabriel Antonio Pereira, que probablemente, era el hombre más rico del país, en tierras, ganado y otras propiedades. Durante la Presidencia de Pereira, nacería el Departamento de Florida.

 

II
 El país que ve nacer al Departamento de Florida

 

 

Flores y Oribe se equivocaron. A pesar de haber llegado a la Presidencia con el respaldo de ambos caudillos, Gabriel Pereira no sería una marioneta de sus intereses. Era un hombre de carácter y poco proclive al diálogo. Tenía ideas propias y para colmo de los caudillos, esas ideas eran fusionistas. Pero además, Pereira tenía sus propias ideas fusionistas. Pensaba que la mejor forma de hacer viable la fusión era mediante la implementación de un sistema de partido único, necesario según él, para imponer el orden y defender la soberanía y la identidad nacional.

El Presidente de este partido, según sus ideas, debía ser el mismo Presidente de la República.

Pero Pereira no encontró respaldo en el panorama político. Fue criticado por caudillos y “doctores”, por antiguos blancos y antiguos colorados. El Presidente no se desanimó y ya que no convencía con razones, intentó imponer su idea por la fuerza: prohibió las reuniones políticas; disolvió la Liga de los Caudillos, recientemente creada y ordenó el destierro de importantes figuras políticas, como el Gral. César Díaz, que había sido el candidato de los conservadores y a Juan Carlos Gómez, que había sido el principal crítico a la idea de partido único.

Estas muestras de intransigencia aportarían argumentos para una revolución conservadora que esta vez, se planificaría desde Buenos Aires.

En tanto, se creaba el Departamento de Florida, mediante la Ley Nº 493 del 10 de julio de 1856. Sólo nuestro departamento sería creado en esta oportunidad, sumándose a los 12 ya creados hasta 1837.

La conformación de nuestro departamento sufriría posteriores cambios. Originariamente, comprendía hacia el Oeste hasta el Arroyo de Carreta Quemada y el Río San José por corresponder esta región a la “jurisdicción concedida hasta entonces a la Villa de Florida”, como lo establecía la Ley que dio origen al departamento y esta a su vez, comprendía al “Curato de Florida”.[5]

De acuerdo a la composición de las autoridades locales que fijaba la Constitución de 1830, habría entonces, un senador más, ya que la constitución establecía un senador por departamento; representaciones también en la Cámara de Diputados y una Junta Económica Administrativa y una Jefatura Política.

Las autoridades asignadas fueron las siguientes:

  • Diputados: los Srs. Bernabé Caravia, Juan Dámaso Jakson (prospero estanciero del departamento que da nombre a una calle de Montevideo) y Felipe Irureta
  • Junta Económica Administrativa: cuyo primer presidente fue el cura español Francisco Magesté (tristemente recordado por su insistencia en correr a los colonos valdenses que llegarían al año a poblar nuestras tierras) e integrada también por los Srs.  Felipe Irureta, Domingo León Costa, el Dr. José María Silva y el Cnel. Faustino López.
  • Jefatura de Policía: el Cnel. Faustino López, quien ya era comandante militar del departamento desde 1851 y destacado caudillo florista (siendo años después, el primer atacante muerto en la Batalla de Florida, al primer intento de tomar la villa[6]).
  • Senado: el Dr. Emeterio Caledonio Regúnaga Castañeda, aunque como veremos, no exento de escándalo y revisión

Como puede observarse, la Constitución de 1830 era bastante flexible en cuanto a la acumulación de cargos.

El primer cargo en ser nombrado era el de Jefe Político, cuyo nombramiento era atribución del Presidente de la República.

Para las restantes autoridades se tuvo que esperar hasta el último domingo de noviembre del mismo año (1856). Ese día se elegían, entonces, autoridades nacionales y departamentales, no sólo en Florida, sino en cuatro departamentos más.

 

III
Elección de nuestro primer senador

 

 

Según lo establecido en la Constitución de 1830, la forma de elección de senadores era diferente a la de diputados. Además de tener una duración diferente (6 años en los primeros y 3 en los segundos), la elección de diputados era en forma directa pero la de senadores no. En este caso, los ciudadanos eran convocados para votar un colegio elector que elegiría al senador departamental de una lista de candidatos.

“En la Parroquia de San Fernando de Florida, a las nueve de la mañana del día Treinta de Noviembre de mil ochocientos cincuenta y seis…”[7] se procedió a la elección del colegio elector.

Cabe destacar que quien resultó ser el ciudadano más votado, fue Don Pedro Varela, con 135 votos, lo cual habla del peso local de quien luego sería Presidente de la República en forma interina en 1868 y en forma más irregular en 1875, aunque a esas alturas de la historia, se trataba de una figura de enorme desprestigio.

Como hemos adelantado, este colegio elector, terminaría nombrando como senador del flamante departamento, al Dr. Emeterio Regúnaga. Pero no sin antes, pasar por un intenso  escándalo.

“Aquí comienzan los problemas”, adelanta Eduardo Lorier.[8]

Alfredo Castellanos en su biografía del caudillo Timoteo Aparicio, señala que esta elección de senador por Florida “dio origen a un mayúsculo escándalo político a causa de las irregularidades cometidas en los comicios por la descarada intervención oficial.”[9]

La elección senaturial alcanzaba también a los departamentos de Montevideo, Durazno, Canelones y Maldonado.

El Presidente Pereira estaba resuelto a imponer senadores de su confianza, por lo que el 10 de noviembre de 1856, envió una circular a los Alcaldes Departamentales ratificándoles los hombres de su elección y advirtiendo sobre abusos de los “agentes de Oribe”.[10]

El Dr. Regúnaga era el candidato oficial y el hacendado D. Juan P. Caravia,

era el candidato de Oribe. Como tantas veces, podía verse tras las candidaturas, los alineamientos de los antiguos bandos, blanco y colorado, ya que es de suponerse que el caudillo blanco Timoteo Aparicio apoyara a Caravia, en tanto, Faustino López debió apoyar al Dr. Regúnaga. Pero Pereira, como ya hemos adelantado, nada tenía que ver con esas identidades y pronto se arrepentiría de dar su respaldo a Regúnaga.

En un principio el triunfador fue Caravia, pero las maniobras del ejecutivo impidieron que se ratificara este resultado. Con “una artera maniobra electoral de sus adversarios”[11], advierte Castellanos, se logró el triunfo final de Regúnaga. El pleito proseguiría en el Senado. La elección fue recusada y al tercer año de ocupar Regúnaga su puesto de senador, fue removido del cargo.

Para cuando Regúnaga fuera destituido del Senado, ya se habría dado en  Florida, un escándalo similar.

En 1857, se realizaron elecciones para nombrar Alcalde Ordinario.

“En Florida se llegó a lo mayores extremos de intervención oficial”, destaca nuevamente Lorier.[12]

José Vázquez Ledesma, el Alcalde Ordinario saliente, denunció que su suplente y varios cómplices se posesionaron del salón donde estaba depositada la urna y nombraron una mesa a su entero gusto, en la que dejaban acercarse a votar a sus amigos, al punto que hicieron retroceder por medio de un centinela, al propio alcalde titular.

“Como se observa, -destaca Lorier- la vida política lugareña era más agitada de lo que podríamos imaginar, con episodios insólitos y plenos de pasión.”[13]

Pero sin duda, la remoción del cargo de Regúnaga implicó en si mismo, un escándalo de mayores proporciones.

 

IV
 Perfil político de Regúnaga

 

 

El Presidente la República Gabriel Pereira suspende la elección de senador en Florida, (como en otros departamentos) para que en una segunda instancia, sea electo el Dr. Regúnaga. Pero dos años y medio después de haber ingresado al Senado, es removido de la cámara por el mismo cuerpo legislativo que lo había aceptado. Para ese entonces, tampoco lo respaldaba el Presidente Pereira, quien sin dudas, buscó también la remoción.

¿Pero, quién era este hombre que despertaba tantos recelos?

Regúnaga había nacido en Montevideo el 3 de marzo de 1822. Era hijo de Martín Regúnaga y Carmen Castañeda. “Afiliado entusiasta al Partido Colorado”[14] al decir de Fernández Saldaña y cuya afiliación nunca abandonó. Cuando fue nombrado senador por Florida no era ningún desconocido.

Comenzó su carrera política en tiempos de la Guerra Grande y siendo Capitán de las Guardias Nacionales, fue herido de bala en una pierna, en 1843, mientras combatía en una trinchera del lado del Gobierno de la Defensa. Esta herida le implicó la amputación de la pierna, lo que lo obligó a portar una pata de palo.

En resumidas cuentas, para empezar, se trataba de un prestigioso héroe de la Guerra Grande.“Hombre fuerte y de voluntad”, destaca Fernández Saldaña, una vez que se le amputó la pierna, no se retiró de la vida pública ni de la actividad política.

El 29 de marzo de 1847, es decir, en plena Guerra Grande, fue designado Directo de la Biblioteca Nacional y Museos Públicos, en sustitución del poeta Francisco Acuña de Figueroa.

También estudió Derecho, doctorándose el 1º de marzo de 1853, es decir, al año de concluida la Guerra Grande. Recibió su colación de grado universitario en la Iglesia Matriz. Fue Fiscal General interino del Estado y Juez Letrado.

Sobre este cargo, nos advierte una vez más, Fernández Saldaña, “que por decreto de 1839, retenía el Dr. José Ellauri a pesar de su larga residencia en Europa. Cuando éste dejó el Ministerio de Gobierno, cesó Regúnaga por decreto del 8 de abril.

Era un pretexto para eliminarlo por razones políticas de un destino de alta jerarquía, pero a poco volvió a la magistratura como Juez Letrado de Crimen.”[15]

Evidentemente, eran tan fuertes sus adversarios como fuertes las razones por las que se lo volvía a convocar para altos cargos, debido a sus reconocidas capacidades.  

Posteriormente, estaría involucrado en hechos muy relevantes de la política nacional, como serían también muy relevantes, otros cargos políticos que desempeñaría hasta su muerte. Sin embargo, no por eso, dejaría de ser un político más de un época accidentada.

Lo más curioso de esta figura, es que en un tiempo de hombres, donde las mujeres eran relevantes por ser las hijas de… o las esposas de…, en este matrimonio se da exactamente lo contrario. Emeterio Regúnaga será recordado por ser el primero de los cuatro esposos de la polémica Carlota Ferreira, mujer de vida extravagante, figura excepcional, cuyos destaques no se deben en nada, por cuestiones meritorias o admirables, en ningún sentido, sino por una personalidad escandalosa, cuyos escándalos trascienden la lógica cultural de cualquier época.

Sin embargo, nada sugiere en los tiempos de este matrimonio, que Carlota sobresaliera por algo. Parecería que fue una esposa más de perfil bajo, como la mayoría de las esposas de la época.

En ese entonces, los escándalos estaban reservados al Dr. Regúnaga y tratándose de un hombre público, tratábanse de escándalos políticos, nada especiales para una época en que la pasión política se vivía en forma tempestuosa.

La hora de Carlota aún no había llegado.

 

V
 Reducción del departamento de Florida
¿Algo que ver con Regúnaga?

 

 

Al año de crearse el Departamento de Florida, el gobierno decide retacearle territorio. Por la Ley Nº 501 del 23 de octubre de 1857, se le reintegra territorio al Departamento de San José. El límite Oeste de Florida que limitaba con San José es modificado, estableciendo como nuevo límite el Arroyo de la Virgen desde sus nacientes hasta su desembocadura en el Río Santa Lucía Grande, la Cuchilla del Pintado y el Arroyo Maciel desde sus nacientes hasta su desembocadura en el Río Yí, límite que aún se mantienen.

Esta escisión podía en parte, ser comprensible.

“Téngase en cuenta que la confluencia del Arroyo Carreta Quemada y el Río San José está a las pertas de la capital maragata.”, nos recuerda Enrique Berriel, pero también este estudioso de nuestro departamento, nos revela otro dato significativo.

“Algunas versiones atribuyen dicha segregación a razones políticas: para quitar al Departamento de Florida una de las secciones donde contaba con mayor número de votos el Dr. Emeterio Regúnaga, quien había resultado electo Senador por este Departamento en las elecciones legislativas celebradas…en noviembre de 1856, cuatro meses después de la creación de Florida. La Comisión encargada del estudio de este punto había aconsejado la convocatoria a nuevas elecciones, sin que el Senado pudiese adoptar resolución, por razones de empate. 

Al año siguiente, se dispuso la separación mencionada, pero quedando firme las elecciones ya efectuadas.”[16]

Por ahora…como veremos. Porque finalmente, a dos años y medio de estar en el Senado, Regúnaga es depuesto.

Lo cierto es que Florida, alguna vez tuvo dentro de su territorio, pueblos que volvieron a San José: las localidades vecinas de Ituzaingíó, Capurro, Rodríguez y Raigón: “secciones donde contaba con mayor número de votos el Dr. Emeterio Regúnaga”, nos advierte Berriel.

Tal vez no sería del todo descabellado suponer que una cosa correspondía a la otra y que se estaba actuando de a poco: primero quitarle la vinculación con esos pueblos, para luego deponerlo.    

Como veremos, después sí, el Senado pudo “adoptar resolución”.

 

VI
 Destitución del senador Regúnaga

 

 

Como ya hemos adelantado, en la votación primaria no fue Regúnaga quien alcanzó los votos suficientes para ser senador, sino su oponente Caravia. Pero la intromisión del Presidente de la República que estaba empeñado en disponer de un Senado dominado por hombres leales a su causa, llevó a que el resultado de la elección no fuera ratificado por el colegio elector.

Todo esto desencadenó un escándalo que llevó a la recusación de la elección. El escándalo prosiguió en el Senado, donde dos años y medio después, se logró deponer al senador Regúnaga, argumentándose vicios de procedimiento en el acto electoral.

El 8 de julio de 1859, “la Honorable Cámara de Senadores, declarando nula la elección de Senador practicada en 1856, y mandando proceder a nuevo escrutinio por la Mesa Central, a fin de que el Colegio electoral que resulte nombrado, elija el Senador que corresponda al Departamento.

La Cámara de Senadores de la República Oriental del Uruguay ha sancionado el siguiente Decreto:

Art. 1º- Declárese nula la elección de Senador practicada en el Departamento de Florida el 21 de diciembre de 1856

2º- Sométase a nuevo escrutinio por la mesa central legalmente constituida, y el Colegio Electoral que resulte nombrado, haga la elección de Senador.”[17]

A su vez, todo este bochorno, afectó el ánimo y la imagen de los dos principales caudillos del país. Los cruces de acusaciones llevaron a la ruptura entre el Presidente Pereira y el Gral. Oribe. A su vez, éste último, solicitó y obtuvo sus pasaportes para ausentarse por un tiempo del país. Dos meses antes, Flores había hecho lo mismo. Sin dudas, el caudillo colorado al que no le habría agradado nada verse en vuelto en el escándalo de la elección de Regúnaga, se hartó cuando también los rumores lo vinculaban con las conspiraciones permanentes de los conservadores.

Confirmamos entonces, que no exageró en nada Alfredo Castellanos, cuando afirmó que la elección del primer senador de Florida “dio origen a un mayúsculo escándalo político”.

Pero por otro lado, quien si estaba vinculado a un nuevo y definitivo intento de toma del poder por parte del Partido Conservador, era Regúnaga.

Es que en una sociedad caudillista como esta, a menudo, las lealtades se sobrevaloraban. Del mismo modo que en los inicios de la república, Rivera sobrevaloró la lealtad de Oribe y Oribe y Flores sobrevaloraron la lealtad de Pereira, pronto se vería que Pereira también había sobrevalorado la lealtad de Regúnaga.

 

VII
Regúnaga y la Revolución Conservadora

 

 

En diciembre de 1857, los conservadores lanzan su revolución, liderados por el Gral. César Díaz, invadiendo desde Argentina. Por tratarse de un grupo esencialmente montevideano, buscaron una vez más hacerse fuertes desde Montevideo y teniendo infinidad de costas donde desembarcar en cualquier rincón del país, prefirieron hacerlo en el puerto de Montevideo, al tiempo que activaban un estallido en la campaña sin grandes resultados. El desastre fue inmediato. Una vez más, fracasaron en el objetivo principal que era tomar la capital y se internan en la campaña, terreno que evidentemente, no era el de ellos.

El gobierno temía que otra vez, un conflicto se internacionalizara y pidió ayuda al gobernador entrerriano Urquiza. Pero como señaló J.P. Barrán, los acontecimientos sucedieron “con vertiginosa rapidez”[18]. Y la temida internacionalización del conflicto, no llegó a darse.

Luego de una batalla en Cagancha con resultados indefinidos el 16 de enero de 1858, son alcanzados y derrotados el día 28 en Paso de los Quinteros (Departamento de Durazno), por el general de origen colorado Anacleto Medina.

El Gral. Medina recibió ordenes contradictorias: el Presidente Pereira le ordena respetar la vida de todos los prisioneros y posteriormente, el Ministro de Guerra y Marina, Andrés Gómez, le ordena fusilar a todos de inmediato.

Medina optó por una solución salomónica con aquel foco desestabilizador. Cuatro días después de la rendición y en el mismo sitio, ordenó fusilar a todos los oficiales de la revolución y quintar a sus soldados. 152 hombres fueron fusilados en el Paso de los Quinteros, luego de que el Gral. César Díaz le escribiera una carta a su esposa, Eugenia Abella, para tranquilizarla, asegurándole de que todas las vidas serían respetadas y el Ministro de Relaciones Exteriores, Antonio de las Carreras, notificara lo mismo a las representaciones extranjeras y el Gral. Martínez, suegro del Gral. César Díaz, se dirigiera a los cuerpos diplomáticos, mencionando las bases de la capitulación.

Los fusilamientos de Paso Quinteros produjeron una gran conmoción a nivel nacional e internacional. Los colorados tenían servida ahora, la bandera del martirio y eso, en una sociedad de caudillismo y de “barbarie”, no se podría traducir de otra manera que a través de la venganza. Los más sanguinarios caudillos colorados reclamarán la cabeza de su antiguo camarada, el Gral. Medina y no descansarán hasta obtenerla.

De momento, se cubrió la memoria de los caídos con discursos románticos y misas a los mártires. Se habló de la “Hecatombe de Quinteros”. La conmoción fue remarcada, porque entre los que fueron fusilados junto al Gral. Díaz, estuvo el Gral. Manuel Freire, uno de los 33 Orientales.

Todos estos elementos simbólicos y retóricos, proporcionarían de inmediato, forzados argumentos para justificar la invasión que desde Argentina, venía preparando el Gral. Venancio Flores y que poco en común tenían con el intento del Gral. César Díaz.

Pero de momento, las cosas no estarían fáciles para quienes apoyaron el intento revolucionario de los conservadores, como el depuesto senador Regúnaga, quien tal vez, tuvo alguna participación en la planificación del estallido del interior, pero cuya actuación estaba acordada dentro de Montevideo para cuando la capital fue atacada, durante la madrugada del 9 de enero de 1858.

Debió de asilarse en Santa Fé, donde permaneció muchos años. Sin dudas, su situación había quedado muy comprometida luego del intento revolucionario de los conservadores, porque debemos entender que no se le debió hacer fácil huir del país con su impedimento físico.

Regresaría al país, recién en 1865 con el triunfo de la revolución de Flores. Y poco tiempo después, obtendría más notoriedad que nunca.

 

VIII
 El regreso de Regúnaga

 

Como ya hemos adelantado, el destituido senador debió exiliarse en Argentina al fracasar la revolución que apoyó al poco tiempo de ser depuesto en el Senado.

Ya hemos adelantado también que regresaría al país, casi 10 años después.

Tres años después de su retorno, es nombrado Ministro de Hacienda, por un Presidente interino que no era otro que el floridense Pedro Varela, aquel que salió primero en la elección del primer colegio elector del departamento.

Precisamente ahora, había llegado a ser Presidente interino por presidir el Senado, como senador de Florida.

Por ser presidente interino, no sería muy prolongada la gestión de Regúaga al frente del ministerio: apenas del 20 al 27 de febrero de 1868.

También hemos adelantado que a esta altura de los acontecimientos, Varela ya era una figura de enorme desprestigio y por otra parte, el año de 1868 en el que asume Regúnaga como Ministro de Hacienda sería sin dudas, el peor año del siglo para asumir ese ministerio.

Tiempo antes se habían comenzado a sentir los síntomas que anunciaban una terrible crisis financiera, al punto que hizo recordar repentinamente a Flores, que hacía tres años que permanecía como “Dictador Provisorio”, que  ya era hora de irse y convocar a las postergadas y siempre reclamadas elecciones, razón por la cual Varela permanecía como Presidente interino, además de ser el candidato oficial.

Pero aquella crisis que desplazó a varios años de prosperidad y alimentó una gran inestabilidad política, era además, el resultado de una corrupta política económica de la que Varela estaba entre los principales culpables.

La crisis dividió a la opinión pública entre oristas y cursistas. Este último era el bando del gobierno, que una vez desencadenada la inflación, fruto del descontrol de la emisión de billetes de algunos bancos, preferían mantener el curso forzoso del papel moneda, es decir, la prolongación indefinida del decreto de in conversión. En este bando, debió quedar, con mayor o menor convicción, atrapado Regúnaga.

Al poco tiempo, la crisis arrastraría a la quiebra a muchos bancos, entre los que se encontró el Banco de Montevideo, entidad claramente identificada con el florismo y que además, había sido presidido por el propio Varela.

En los hechos sólo el Banco Inglés y del Río de la Plata, y el Banco Comercial se mantuvieron en pie. Ambos familiarizados irreductiblemente con el mundo del oro. El primer además, se dio el lujo de estrenar ese año nueva sede. El segundo, como habíamos anunciado, había sido fundado en 1857 por ricos comerciantes y hacendados vinculados al comercio exterior, entre los que estaba Juan Dámaso Jackson.

Varela había sido el principal asesor económico de Flores, materia en la que evidentemente, ambos eran poco diestros.

Fernández Saldaña hace de Varela una descripción nada halagadora:

“Ninguna cualidad natural distinguía a Varela, pues era hombre de razonamiento tardo, de pocas palabras o más bien, reconcentrado, poseído de ideas extravagantes en materias de finanzas que lo acompañaron toda la vida. No excluía esto, que abrigara ambiciones políticas, que sus amigos, dispuestos a aprovecharse de él, explotaban; tampoco impedía que se considerara un consumado hombre de negocios y un hacendista.”[19]

Todo esto explica la enorme impopularidad de Varela. De este modo, podemos suponer el coraje de Regúnaga para agarrar aquel fierro caliente que era en esos días el Ministerio de Hacienda. También es cierto, que no se trataba de un político en carrera. Tenía 46 años. Era un veterano de la política, que ya en otros tiempos, había estado salpicado por escándalos políticos.

A esa altura de los acontecimientos, la imagen de Regúnaga parece estar más allá de las terribles luchas internas del Partido Colorado y su situación económica parece haberse consolidado.

El año que asume como Ministro de Hacienda, el Dr. Regúnaga compra a la familia McKay, una casa quinta en Camino Maldonado, entre las actuales calles Barros Arana y Juan Quevedo, donde vivirá hasta el final de sus días con su esposa Carlota Ferreira y los dos hijos del matrimonio, Carlos y Carmen. En esa casa posteriormente vivirá el dibujante Centurión.[20]

Tres años después de enviudar, Carlota vende la casa. Posteriormente, en ese lugar funcionará después, un vivero llamado El Jardín de las dos Marías.

Pero volviendo al año 68, tengamos presente que si bien Flores había renunciado a su cargo de Dictador Provisorio y convocado a elecciones, eso no lo salvó de que un grupo de sus más cercanos coroneles lo asesinaran salvajemente. Y con Flores asesinado, la candidatura oficial de Varela cayó. El Parlamento se vio libre de presiones y pudo elegir como Presidente al Gral. Lorenzo Batlle.

Pero no por eso, el Dr. Regúnaga perdió protagonismo. Como hemos sugerido, todo indica que era un hombre de mucho prestigio, lo que lo mantenía al margen de la cruda interna colorada.

El 6 de marzo, la Asamblea General nombró al Dr. Regúnaga, Ministro del Superior Tribunal de Justicia. No en vano, como nos recuerda María Emilia Pérez  Santarcieri a Regúnaga se lo recordaba “como uno de los más importantes abogados de  la época.”[21]

Según Fernández Saldaña, en el Supremo Tribunal de Justicia, estaba el “cargo en el que debía jubilarse.”[22] Sin embargo, muy poco después, (el 17 de marzo), el Presidente Lorenzo Batlle, lo nombra Ministro de Gobierno, “y con este carácter le cuadró firmar la ley que dio sanción y validez a todos los actos de la dictadura de Flores,”[23] nos recuerda Fernández Saldaña. Es probable que se requiriera de una persona que estuviera fuera de las luchas internas para que tomara las decisiones más desagradables. Es importante recordar que este cargo era siempre reservado por los presidentes para las personas de mayor confianza, por lo que podemos confirmar que ante tantas salpicaduras de escándalos, Regúnaga no había salido tan mal parado. Y sin duda, los tres años fuera del país le habían servido para recomponer su imagen.

Regúnaga permanecerá en ese cargo hasta julio del mismo año, siendo reelmplazado por el Dr. A Rodríguez Caballero, “al producirse la dimisión total del gabinete para facilitar la marcha política del gobierno.”[24]

Durante el gobierno de Lorenzo Batlle, la crisis financiera se agravó y continuó arrastrando una fuerte crisis política. La primera mitad de su gobierno estuvo dominada por los “pronunciamientos” (1868 y 1869) de coroneles colorados, que rivalizaban entre si para heredar el liderazgo del Gral. Flores, motivados en gran medida, por la aparente inactividad de los blancos. Pero a mediados del período presidencial, estalla la Revolución de las lanzas (1870 – 1872), revelando la verdadera razón del silencio de este partido.

Esta revolución produjo batallas muy sangrientas y tuvo en 2 años el mismo efecto devastador para la economía del país que los 13 años de la Guerra Grande.

Finalmente, durante el interinato de Tomas Gomensoro se firmó la Paz de Abril, que dio lugar a una nueva política, mucho más efectiva que la de fusión: la política de coparticipación.

El Dr. Emeterio Regúnaga, nuevamente en calidad de Ministro de Gobierno, participó en las negociaciones de paz, que permitiría convocar a elecciones de inmediato, ensayándose una modalidad política más esperanzadora.

Es uno de los negociadores y firmantes del acuerdo. Por eso, su nombre es de los que está grabado en el monumento que conmemora ese acto, erigido en la ciudad de San José.

Al igual que el departamento de Florida, el de San José fue de los que el gobierno entregó al Partido Blanco, como resultado de la paz.

La Pirámide de la Paz de Abril fue inaugurada el 10 de junio de 1873 en la Plaza de los Treinta y Tres de la capital maragata. Es decir, apenas al año de concretada la paz. Se trata en realidad de un obelisco custodiado en cada una de sus cuatro esquinas por un león que aplasta un cañón. El autor de este monumento (declarado Monumento Histórico Nacional en 1992) fue el escultor italiano radicado en nuestro país, Juan Ferrari, también autor del Monumento a la Independencia Nacional erigido en 1879, en la Plaza Independencia de la ciudad de Florida.

Es de destacar, que mientras estuvo por última vez al frente del Ministerio de Gobierno, no cobró sueldo correspondiente, conformándose con su modesta jubilación.

Poco después, enfermó gravemente de una afección cardíaca que los médicos de la época, atribuyeron a una alteración fundamental de la circulación de la sangre, originada por la falta de la pierna.

Fue sustituido, entonces, por el Cnel. Rebollo, que en ese entonces, era el Ministro de Guerra y Marina. En principio, era una sustitución provisoria, pero debió ser definitiva, pues el Dr. Regúnaga ya no se recuperaría.

Falleció el 16 de julio de 1872, cuatro meses después, de firmar la paz. Había iniciado su vida política como el héroe de un partido y la culminó como un mediador nacional.

Murió pobre.

Sus restos fueron sepultados en el Panteón Nacional de Montevideo.

Hoy puede apreciarse en el Museo Histórico Nacional, una inmensa estela de mármol, que conmemora la Paz de Abril, con los nombres de quienes fueron garantes de la paz, en el siguiente orden: T. Gomensoro, J. Villegas, J.G. Palomeque, E. Camino, E. Velasco, E. Regúnaga. C.J. Rebollo, P. Zipitría.

Tal vez este estudio ayude a repensar, por qué no existe en todo el departamento una calle que lleve su nombre.

 

IX
 Carlota Ferreira, la viuda del Dr. Regúnaga

 

 

Pero es precisamente aquí, donde se sucederán los episodios más jugosos de esta historia.

Durante estos años, el Dr. Regúnaga había estado casado con Carlota Ferreira, 23 años menor que él.

A menudos sus biógrafos insisten en que se sabe poco de esta mujer escandalosa, pero en realidad, sabemos lo suficiente para fascinarnos con su figura y en todo caso, como sucede con personajes así, siempre nos quedan ganas de saber más.

Carlota Ferreira García nació en Buenos Aires en plena Guerra Grande, probablemente en el año 1845. Se sabe que era hija natural de Mercedes García y que su padre era un pulpero gallego del Cardal, llamado Benito Ferreira. Este hombre, estuvo casado con Manuela García, de quien nació Polonia Ferreira. Así que ironicamente, ambas mujeres tenían los dos apellidos en común. En el caso de Polonia, a diferencia de su media hermana Carlota, fue una mujer recordada en las memorias de la familia, como una mujer muy bonita y al igual que Carlota, se vincularía sentimentalmente con hombres destacados. Fue amante de Juan María Pérez, uno de los hombres más ricos del país, y finalmente, se casó con Manuel Amaya, una apuesto oficial de Infantería.[25]

Algunas similitudes entre Juan María Pérez con Regúnaga son llamativas. En 1828, es decir cuando Florida aún no existía como departamento, Pérez fue diputado por San José, en la Asamblea General Constituyente. Durante el gobierno del Gral. Manuel Oribe, fue ministro de Hacienda (1835 -36). También tenía un doctorado, pero en Teología (en Bolivia, en 1810).

Es decir, que ambas hermanas estuvieron vinculadas sentimentalmente y dejaron descendencia (en el caso de Carlota, casada) con dos hombres que representaron nuestro pago y ocuparon la titularidad de un mismo ministerio. Sin embargo, la Guerra Grande los encontró en bandos opuestos.

Con el tiempo, al menos desde que enviudó del Dr. Regúnaga, Carlota sería conocida como adicta a la morfina y al menorazgo.

El matrimonio Regúnaga Ferreira tuvo dos hijos[26], de los que sabemos bastante poco. Se trata tal vez, de algo buscado, habida cuenta de lo difícil que podría resultar llevar el estigma de ser hijo de esta mujer, en cualquier época.

En 1881 Carlota vuelve a casarse. Esta vez en Buenos Aires, pero nuevamente con un uruguayo: Ezequiel de Viana y Oribe, procurador de profesión y tres año menor que ella. Aquí, comienza a percibirse, cierto gusto de Carota por los hombres menores que ella. Además, como lo sugieren sus apellidos, provenía del patriciado uruguayo.[27]

Se irá viendo, que Carlota era capaz de seducir a hombres de prestigio y como este caso, también de abolengo. Pero ya para este entonces, era evidente que su vida giraba entorno a escándalos, ya que la familia de su segundo esposo consideró a este matrimonio un bochorno y es de suponerse que le hicieron un gran vacío. Pero el escándalo no pasó a mayores porque al poco tiempo Carlota vuelve a enviudar. ¿Tuvo algo que ver Carlota en la muerte de su segundo esposo, tres años menor que ella? No lo sabemos, pero con lo que conocemos de esta viuda fatal, nos podemos permitir el juego de al menos, suponerlo.

En 1883 regresa a Montevideo y se presentará en el estudio en la calle Soriano, del prestigioso pintor Juan Manuel Blanes. Llegaba de velo negro y aspecto angustiante. Portaba un par de fotografías de su primer esposo. Evidentemente, los recuerdos de su segundo esposo recientemente fallecido, no le eran tan gratos. Pero sobre todo, no hay dudas de que era más honorable ser la viuda de Regúnaga.

Lo cierto es que quería homenajear a este prestigioso hombre con el que tantos años había estado casada. Durante mucho tiempo, se perdió de vista este cuadro. Se dudó de si finalmente, Blanes pintó ese retrato. Podía pensarse que tan sólo fue un pretexto de Carlota para acercarse a otro hombre de prestigio y cercano al mundo político. La historia se bifurca hacia otra obra de Blanes: el retrato de la propia Carlota, realizado ese mismo año que la conoció. Y no sólo eso: Blanes pintará dos veces a esta mujer fatal: primero vestida y luego desnuda.

Y por su puesto, de este encuentro, nacerá también un amor tempestuoso, como era de esperar, tratándose de Carlota y también tratándose de Blanes.

 

X
 Carlota vestida

 

 El Pintor de la Patria, el artista que recibía los más apologéticos encargos del Estado uruguayo y otros estados de la región, al que se le encomendaba descubrir la mirada del prócer, los rostros de los héroes, el cuerpo de la patria y las glorias de una nación naciente, pequeña pero celosa de sus gestas; al tiempo que trabajaba para ayudar a despuntar la identidad de la nación, complementaba sus ingresos pintando retratos del patriciado rioplatenses.

Tal vez, como un encargo más, o tal vez, ya experimentando algo especial en su interior, Blanes comenzó a pintar a Carlota. Él tenía 53 años y ella rondaba los 38.

Lo cierto es que al iniciar este encargo, comenzó a pintar su más inquietante obra. El retrato de Carlota es su Gioconda y es la obra más emblemática de la toda la historia de la pintura uruguaya. El retrato más inquietante. El cuadro más observado, estudiado y parodiado de toda la historia pictórica uruguaya.[28]

Es un cuadro de grandes dimensiones: 130 x 100 y muy probablemente, durante mucho tiempo lució junto al de su primer esposo. Téngase en cuenta que Blanes debió haber pintado uno seguido del otro.

La obra se titulará simplemente, Retrato de Doña Carlota Ferreira de Regunaga,[29]no habiendo entonces, ninguna referencia a su estado civil, ni preferencia por ninguno de sus (hasta ahora dos) difuntos esposos.

¿Qué tiene de especial este retrato? La historiadora María Emilia Pérez Santarcieri nos adelanta una respuesta:

“El pintor académico que siempre fue Blanes, le imprimió un carácter diferente al de todos sus cuadros de índole histórico o al de todos los demás retratos que ejecutó para la sociedad montevideana de entonces. La retratada sobrepasa al retrato, probablemente porque Carlota Ferreira supo conmover al propio Blanes, quien transmitió esa impresión a la tela.”[30]

Ya el crítico Fernández García Esteban había sentido que la retratada “no soporta nuestra  mirada; debemos admitir la suya: ha invertido el proceso normal. Y esa contemplación extraña se produce sin provocación, en tanto que el personaje mantiene su impavidez.”[31]

Hoy este cuadro, ícono de la pintura uruguaya, es parte de la muestra del Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo en el área dedicada al artista, donde pueden apreciarse muchas de sus más destacadas obras, y es éste siempre, uno de los cuadros más observados por el público.

Es uno de esos pocos cuadros que generan la idea de vida propia. Es la imagen de una matrona avasallante. Su mirada transmite su carácter.

El cuadro puede analizarse desde dos puntos de vista: Desde lo explícito y lo implícito. Desde lo que nota y denota.

Es la obra de un pintor maduro, obsesivo en los detalles. El retrato es más que un rostro inquietante. Es un cuerpo opulento y robusto. Una figura inmensa. Unas manos amenazantes.

La retratada está de pie, tras un cortinado. Es captada hasta la altura de las rodillas, algo poco frecuente en Blanes y los retratos de la época.

Los detalles de los géneros profundizan el realismo. Así como las frutas de las naturalezas muertas de Zurbarrán parecen desprender aromas, el espectador podrá sentir el contraste térmico entre el cortinado y los guantes, podrá sentir la respiración de la retratada a dos aguas entre ese cuerpo opulento y la presión del corcet o el ajuste de los guantes que contienen esas fantasmagóricas manos.

Las rosas del escote nos parecen un tosco intento por femenizar a esta maciza figura.

Nadie podrá pasar indiferente ante este cuadro. Mucho menos, los visitantes que conozcan la extraña historia de amor que hay detrás.

En el otro aspecto, es un cuadro que nos sorprende, porque nos habla de una época y de una estética.

Quien aprecie este cuadro conociendo la fama de come hombres de Carlota, se preguntara ¿qué tenía Carlota de seductora?, ¿qué había de sexi en ella?, ¿qué atraía a un hombre del siglo XIX?

La respuesta no es tan sencilla. Cualquier interpretación que se ensaye no será suficiente.

Es cierto que la gordura en el siglo XIX era signo de salud y estatus social, ya que sólo los burgueses engordaban. Es cierto también, que una imagen decimonónica de seducción era mucho más austera de lo que estamos acostumbrados a ver en nuestro tiempo.

Pero Carlota ni siquiera parece femenina. Nada parece agraciada en ella. Sus brazos son masculinos. Sus manos aterrorizan. Su cuello ha sido ganado por la espesura. Su boca denota bigotes. Su mirada no convoca. Su peinado tampoco tiene un toque de distinción.

Y como buscando aportar mayor impresión, Blanes captó su estampa desde una perspectiva de contrapicada, resaltando así su imagen. Hay también, un llamativo contraste entre esa verde tela maoré del fondo y la palidez en la piel a tono con la blancura de la vestimenta.

El mayor contraste cromático, se aprecia en un rincón inferior, donde una de esas manos cubiertas de sedosos guantes blancos, se apoya sobre un mantón español de coloridas flores.

Y ahí está, la gran protagonista de tempestuosas historias de amor, vividas antes, durante y después de ser pintado este retrato.

¿Qué tenía Carlota de atractiva? Es una pregunta se ha repetido por generaciones y que no es fácil de responder. No alcanza con decir que a los hombres hace más de un siglo les gustaban las mujeres así, porque eso es un mito. Lo cierto es que por más variaciones en los cánones de belleza que haya habido de aquellos tiempos a los nuestros, no deberíamos olvidar que muchas memorables contemporáneas de Carlota y también protagonistas de emblemáticas historias de amor, como Elvira Reyes o Elisa Maturana, no dejarían hoy de pasar con su aspecto, por lindas muchachas. Nada tiene este retrato en común con las femmes fatales del Art Noveu.

Pero Blanes estaba ganado por la seducción de Carlota. Sin embargo, detrás de este cuadro, no solo se escondería una historia de amor, sino toda una tragedia.

En 1941, se realizará la primera muestra retrospectiva de la obra de Blanes, en Montevideo y Buenos Aires. Como era de esperarse, este retrato fue de lo más comentado.

Herrera Mac Lean, un crítico de la época, le dedicó muchas líneas a este “retrato de la mujer amante…de una extraña y perturbadora beldad de aquellos días…”[32]

 

XI
 Carlota desnuda

 

 Entre 1884 y 1885, Blanes pintó Mundo, Demonio y Carne. Es más grande que el retrato de carlota: 130 x 156. Para algunos estudiosos, es sólo una suposición que el modelo volviera a ser Carlota, un año después

Pero es muy probable, que Blanes, buscando seguir el estilo que impuso Goya para abordar el retrato de una figura femenina, optara nuevamente por retratar a la viuda de Regúnaga. Criterio estético que sería muy poco posible realizar, si no mediaba un amorío de por medio entre retratista y retratada.

Aquí, posa Carlota como una ninfa desnuda sobre su lecho, cubriendo su rostro de la luz, sorprendida en su intimidad, pero en un ritmo que no denota pudor.

Al costado, en el piso, aparecen varios objetos curiosos: joyas, algún libro y careta de carnaval, lo que denota una noche de diversión y glamour. Tal vez el libro haga referencia a la literatura erótica que ya circulaba mucho en ciertos ambientes bohemios para fines del siglo.

Se ha observado que descansa sobre la misma tela que Blanes usó de fondo para retratar a Carlota en la obra anterior.

En ambos casos, apostó a una luz generosa, casi podría decirse, irreverente. Lejos está del tenebrismo lumínico de Caravaggio, que Blanes prefirió guardar para otros importantes retratos como el su madre.

Pero si Blanes buscó seguir la idea de Goya al pintar a La Maga vestida y desnuda, usó un criterio diferente.

No es la misma posición. Vestida, Carlota está de pie. Desnuda, parece acostada. En esta última posición se la encuentra más agraciada. Su obesidad está disimulada, en esa posición que todos hemos ensayado cerrarnos un cierre o un abrocharnos un botones, luego de un exceso gastronómico.

Que las manos sean llevadas al rostro, sugieren con mayor precisión que se tratara de una figura pública, que la moral de la pequeña ciudad, recomendaba dejar en el misterio.

No es la provocativa exhibición en su totalidad de una belleza mujer que desnuda y tranquila, reclama atención, como pintó Goya a su Maja. Blanes apostó más a lo metafórico y con ese criterio, lo tituló.

No deja de ser llamativo que sean esos tres conceptos los más condenables por la Iglesia católica y que servían también para infundir temores en una burguesía prejuiciosa dominada por el miedo a los vicios y a los placeres.

El cuadro fue seleccionado para la Exposición Universal de París de 1900 y posteriormente fue donado por la familia Ilarraz en 1975. Hoy se encuentra también en la muestra permanente en el Museo Nacional de Artes Visuales.

 

XII
Blanes, un artista también propenso al escándalo

 

A poco de aparecer Carlota por el taller de Blanes, la relación que se impuso fue más que la de clienta artista. Y tratándose de Carlota, del amorío al escándalo sólo habría un paso.

Pero en Blanes, un amor escandaloso, tampoco sería una novedad. Tempranamente, su vida había estado vinculada a las tempestades sentimentales. Provenía de un hogar con padres separados. Su padre, desapareció temprano de su vida. Se ha observado que jamás está presente en su obra, aunque también es cierto que falleció en forma temprana y que le legó la veta artística: era hijo de un pintor español de bodegones y naturalezas muertas.

En 1854, mientras trabajaba de tipógrafo en la calle Reconquista, comenzó una relación con la genovesa María Linari, de 31 años y casada con José Copello, también italiano y con quien tenían una pequeña hija llamada Ana María. Para ese entonces, Blanes tenía 24 años.

El artista se enamora perdidamente de la genovesa y la relación enemistó a ambas familias porque además, el año nace el primer hijo de esta unión. La pareja decide fugarse a Salto, al año de iniciada la relación, con la niña de sólo 6 años y con el recién nacido Nicanor.

Años después, nacerá también José Luis. El tiempo borró el escándalo. El artista se dedicó a su obra que bien le era redituable, y también a su familia, poniendo mucho empeño en que sus hijos siguieran su oficio.

Fue precisamente por 1860, cuando nace su segundo hijo, José Luis, que enterados del fallecimiento de Copello, deciden regresar a Montevideo para regularizar la situación.

Para ese entonces, Blanes ya era un pintor consagrado, y además, era el pintor oficial del Estado uruguayo, el “Pintor de la Patria”, en pleno desarrollo del nacionalismo romántico.

Su vida sentimental, por fin, parecía ordenada. Pero un día, apareció por su taller, Carlota Ferreira, con las fotos de Regúnaga.

Y como señala María Emilia Pérez Santarcieri:

“La aparición de Carlota Ferreira en su vida será la última chispa de pasión, a la vez que iniciará un proceso que terminó en tragedia familiar.”[33]

 

XIII
 “Nicanor, huraño e hipocondríaco”

 

 Así definió Eduardo de Salterain y Herrera al hijo menor de Blanes.[34]

Recordemos que Juan Manuel Blanes tenía con su esposa María Linari, dos hijos varones, por los cuales se esmeró en impartirles una formación artística que les permitiera seguir sus pasos profesionales. Formados primero con el padre, luego siguieron como él, la formación en Europa. Ambos fueron pintores y escultores. Juan Luis fue el primer escultor de nuestro país.

Destaquemos también, que Nicanor llevaba el mismo nombre de un hermano intermedio muerto, práctica que hoy nos parece de una extrema morbosidad, pero que en esos tiempos de mayor cercanía con la muerte, especialmente con la mortalidad infantil, era una costumbre muy extendida.

Era frecuente que los niños del siglo XIX, no sólo llevaran el nombre de un hermano muerto, sino que fueran acompañados por el resto de su familia al cementerio a llevar flores a tumbas de hermanos, en las que a veces leían sus mismos nombres.

¿En qué medida eso afectaría la psicología de aquellos niños nacidos en una sociedad tan necrofilica? Es algo difícil de desentrañar y excede nuestro trabajo, pero si corresponde recordar que esta particularidad en la vida de Nicanor era también la de Van Gogh y Dalí, cuyas personalidades eran igualmente extravagantes.

Desde temprana edad, Nicanor manifestó fuertes celos por su hermano, en el que veía la predilección del padre.

Esos celos también se trasladarían hacia la amante de su padre, Carlota, de la que también se enamoraría caprichosamente, al punto de que la pareja decide trasladarse a Buenos Aires para contraer matrimonio en clandestinidad, en junio de 1886. Ella tenía 41 y él 26 años.

Pero poco duró el nuevo amor, ya que la propia Carlota inicia trámites para anular el matrimonio argumentado falta de los requerimientos básicos, con lo que consigue un fallo favorable.

La decepcionante experiencia de Nicanor contribuirá a acentuar su personalidad delirante. “Ese muchacho neurasténico, que ya había dado muestras de “rarezas” y que mantenía una situación de rivalidad con su hermano, debido a la probable predilección de su padre por Juan Luis, va a ver acentuada su patología”, resume María Emilia Pérez Santarcieri.[35]

Regresará a Europa, donde se le perderá el rastro, para desánimo de su padre, que lo buscará intensamente, especialmente, luego que Juan Luis muriera en un accidente de tránsito, atropellado por un carro en plena calle, en 1895. María Linari, que lo acompañaba, muere inmediatamente.

Lo cierto es que si algo le quedaba de sensatez a Nicanor, debió haber sido la vergüenza, lo que lo ganó, al punto de buscar perder su rastro. Vergüenza de haber sido desprestigiado por una mujer que tempranamente se sintió arrepentida y probablemente aburrida, con un joven que se había jugado todo por ella. Es lógico que no tuviera cara para presentarse ante el padre, quien no obstante, dejó clara constancia de no guardarle nada de rencor, ya que dominado únicamente que por el amor de padre, movió cielo tierra para en vano volver a ver al hijo que le quedaba.

El desesperado padre pedirá ayuda diplomática y al arzobispo Mariano Soler para buscar rastros de Nicanor, sin obtener pista alguna de él.

En 1899 Juan Manuel Blanes viaja a Pisa, donde se establece esperanzado en reencontrarse con su hijo. En esa ciudad, culminan sus días, en la Via di Mezzo, donde vivía su amiga la Signorina Beatriz Manetti, quien lo acompañará sn sus últimos años. Ella había sido enviada por Nicanor, para que lo acompañara y le sirviera de modelo, por lo que no deberíamos de extrañarnos que también se tratara de otra amante compartida por padre e hijo. Ella lo acompañará en ese último viaje a Europa y lo acompañó en su fallecimiento en Pisa, el15 de abril de 1901.

Los restos del Pintor de la Patria fueron repatriados para ser enterrados en Montevideo en forma privada y recién en 1951, fue trasladado al Panteón Nacional.

Era la segunda vez, que en aquel celebre recinto, se depositaban los despojos de un hombre de Carlota.

XIV
 “Carlota…la atracción del abismo”

 

Lo había dicho María Linari: “Carlota tiene la atracción del abismo” y bien que lo experimentaron los Blanes. Una pesadilla que para esa familia, comenzó el día que apareció de luto Carlota por el taller de aquel padre de familia, con fotos del Dr. Regúnaga. Pero las andanzas de Carlota continuaron llevándose al abismo a otro protagonista.

Siempre a la cacería de hombres prestigiosos, en 1895 Carlota vuelve a casarse. Esta vez, con el Dr. Julio Jurkowsky, prestigioso médico polaco que había logrado en Uruguay hacer una brillante carrera, llegando a ser decano de la Facultad de Medicina. También era un buen violinista.

Las peripecias que lo trajeron hasta nuestro país corresponden a la relevancia que terminaría teniendo.

Julio Jurkosky había nacido el 31 de enero de 1844 en la provincia polaca de Kujawy.

En 1862 ingresó al Colegio Superior de Medicina de Varsovia, un centro de resistencia al zarismo moscovita, que el zar pronto clausuraría para ser reabierto recién 33 años después.

Escapando con dificultad de la movilización rusa, Jurkosky pudo incorporarse a las fuerzas patriotas en la insurrección de 1863 y al ser este movimiento vencido, pasó a Francia a través de la frontera prusiana.

En la Facultad Imperial de Montpellier, se matriculó, dispuesto a egresar como médico. Allí incluso, llegó a desempeñarse como disector, pero sin embargo, ahí tampoco llegó a culminar la carrera.

A Montevideo llegó sin más títulos que los certificados, por los que previo examen rendido en 1867, la Junta de Higiene, le otorgó sólo el titulo de cirujano, que como es sabido, no representaba la relevancia de hoy.

De todos modos, no fue un impedimento para que ejerciera la Medicina.

Se desempeñó como médico del Lazareto de Isla de Flores, cargó al que renunció en 1871, para trasladarse a la campaña.

Luego de probar fortuna en Rocha, se instaló en Villa Minas, donde se desempeñó como médico de la Policía hasta 1876, en que renuncia al puesto para regresar a Montevideo.

Para ese entonces, comenzaba a funcionar las dos cátedras de la Facultad de Medicina y ganó por concurso de oposición la cátedra de Anatomía. No fue un concurso ni un cargo fácil porque la Comisión Administradora del Hospital de Caridad, manifestó abiertamente su oposición a proporcionarle los cadáveres de su centro para las prácticas de las pruebas académicas.

Este distinguido profesional, masón y pensador positivista, estaba casado con la hija de un colega y de cuyo matrimonio nació una hija: María Esther, que algunos estudiosos la han confundido como hija de Carlota.

Cuando esta chica tenía 12 años, su padre cayó bajo los “encantos” de Carlota. Años más tarde, sus colegas y amigos le seguían advirtiendo sobre los males que acarrearía este romance, pues ya para ese entonces, era muy difundida la fama de morfinómana de la viuda de Regúnaga.

Pero todo fue en vano. El Dr. Jurkowski, ganado por la seducción de Carlota, decide casarse con ella y ese mismo año (1895) la pareja se traslada con María Esther a Salto, lugar que, como puede irse deduciendo, era el lugar preferido para refugiarse, de las parejas escandalosas. El galeno polaco había dejado en Montevideo los éxitos profesionales sembrados por años por “un capítulo pasional”[36] en el decir de Fernández Saldaña, que sin embargo, no agrega nada más sobre este caso.

Además de la probable intención de dispararle a la condenada pública, Jurkosky llega a Salto para abrir un instituto hidroeléctrico terapéutico, más concretamente una clínica siquiátrica que mantendrá hasta 1900.

La pareja compra la una mansión, que en aquel entonces ocupaba toda una manzana, a una cuadra de la plaza principal y cuya entrada está en las actuales calles de Brasil y Ivernizzi. En una parte, funcionaba la clínica.Hoy, en esa mansión, funciona en Colegio Carlos Vaz Ferreira.[37]

Para ese entonces, no sería de extrañarse que los pacientes que pudieran ingresar a la clínica de Jurkowski, tuvieran poco en que diferenciarse con Carlota, quien continuó con su adicción a la morfina y que pasaba las tardes enteras drogada en los jardines de la clínica de su nuevo esposo. Desde la ciudad litoraleña, algún que otro colega amigo de Jurkowski, siguió de cerca la prolongación del escándalo, como el Dr. Carl Brendel:

“…mi colega polaco ha caído en los brazos de una circe vieja y seductora, Carlota Ferreira. Ella y las dosis de morfina pronto terminarán con ese hombre tan capaz y trabajador, totalmente empobrecido y venido abajo. Por sus venas pasó por años seguramente, medio quilo de morfina.”

Palabras proféticas, aunque seguramente también obvias, conociendo a la Carlota.

 

XV
 Y aparece Horacio Quiroga

 

 En el carnaval de 1898 de Salto, en medio de las flores y las serpentinas, donde los más jóvenes podían jugar a las conquistas, menos controlados por las miradas de padres y tías, el joven escritor Horacio Quiroga, natural de dicha ciudad, conoció a María Esther. Dos carruajes se cruzaron en el medio corso. En uno iba Horacio Quiroga con sus amigos y en el otro, María Esther con su padre y su madrastra.

Quiroga no se conformaría con aquel casual cruce de miradas y pronto se inició un romance del que el joven escritor quedaría muy enamorado. Para ambos fue el primer amor. Él tenía 20 años y María Esther unos 14.

Al principio todo parecía salir bien. Quiroga obtuvo de Jurkowski, permiso para visitar a su hija, pero el idilio duró poco. El prontuario de Carlota hizo que la familia de Horacio Quiroga desaprobara el noviazgo, lo cual llevó a enfurecer a Carlota, quien decidió no sólo poner fin al noviazgo, sino trasladar a la joven a la Argentina. También se sabe, que Carlota pretendía como esposo para su hijastra, a un judío de Buenos Aires.

Queda claro que las decisiones en ese matrimonio las tomaba Carlota, incluso con el destino de su hijastra. Suponiendo el triste destino de la joven María Esther y el estigma que debió soportar por el simple hecho de tener a Carlota Ferreira como madrastra, podemos comprender mejor, porque a los hijos verdaderos de Carlota, los que habría tenido con el Dr. Regúnaga, se les perdió el rastro. Evidentemente, si eran estigmatizante tener a Carlota de madrastra, mucho más debía de ser tenerla de madre.

María Esther fue enviada a Buenos Aires para separarla de Quiroga, entanto el matrimonio Jurkowski Ferreira también abandó Uruguay. Se trasladan a Córdoba, Argentina, donde Jurkowski junto a su colega, el Dr. Miguel Laudanski, instalan una clínica para tuberculosos en Cosquin.

La empresa fracasó y el Dr. Laudanski se suicidó.  Jurkowski perdió toda su fortuna. Y para ese entonces, también él, estaba atrapado por la morfina.

Quiroga se vengaría de Carlota de la mejor forma que sabe hacerlo un escritor. Escribiría dos cuentos sobre aquella relación destruida: Una estación de amor y Las sacrificadas.

Años después, la familia Jurkowski regresaría a Salto, oportunidad en que Quiroga volvió a ver a Carlota y a Esther, aprovechando para describirla en su estado decadente. Así la describe en el cuento Una estación de amor, incluido en su famosa obra Cuentos  de amor, locura y muerte:

“De ella sólo quedaban los ojos, aunque más hundidos, y ya apagados. El cutis amarillo, con tonos verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los pómulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendían ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se veía viva la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las arterias acuosas”.

Como ha anotado Hugo Achugar, si bien en el aprovechamiento literario que Horacio Quiroga hace de Carlota, no se hace para nada mención ni sugerencia a los Blanes, lo cierto “es difícil e improbable que Quiroga no estuviera al tanto de la historia.” Eso es evidente, porque en el cuento, se hace referencia al pasado de esa mujer.

 

XVI
Bifurcados pero igualmente trágicos finales

 

 Aún ganado por la morfina, hizo algo coherente: dejó a Carlota y se marchó de Córdoba con Rosalía, su enfermera y ahora nueva compañera. La nueva pareja se trasladó a Apóstoles en Misiones, Argentina. En ese lugar, el Dr. Jurkowski pudo rehacer su vida y recuperar su fama de médico de prestigio. En 1902 fue el primer médico con que contó el hospital de Apóstoles. También trabajó incansablemente entre las colectividades de polacos y ucranianos que se sentían felices al contar con un médico de habla eslava. La lucha contra la epidemia que atacó a los inmigrantes por aquellos años, lo otorgó un gran protagonismo.

Pero la morfina no lo abandonaría. El 22 de diciembre de 1913, falleció víctima de una sobredosis. Rosalía enloqueció de amor de lo que nunca se repuso y terminó vagando por las calles.

¿Y qué pasó con Carlota? También termino en Misiones, en el más deplorable estado. Las leyendas cuentan que acostumbraba a trepar los árboles desnuda para cantar óperas italianas. De más está decir que a esa altura de los acontecimientos la llamaban Carlota, La loca. En una oportunidad, a sus 67 años trepó por última vez un árbol, portando esa vez, una cuerda con la que se ahorcó.

En un antiguo cementerio de Apóstoles, en una derruida tumba, se afirma que está enterrada.

 

XVII
 Carlota en la Literatura

 

 Como era de esperarse de una nación que bien sabe expresar su historia a través de la Literatura, la vida de Carlota Ferreira ha inspirado también una rica producción de ficción, que incluyó al teatro.

No sólo Horacio Quiroga se encargó de plasmar a esta inquietante mujer.

En 1974 fue estrenada la obra Los Blanes de Milton Schinca, con la actuación de Estela de Medina encarnando a Carlota, a quien se la menciona con epítetos como “la sacerdotisa” o “la carnívora”.

Como aquellos no eran los mejores tiempos para la expresión artística y el rescate de la memoria, no era de extrañarse que la obra sufriera la censurada de la dictadura, siendo retirada de cartel bajo y acusando al autor de “deshonrar a un prócer de la patria”.[38]

En 1991 la obra fue editada y llevada nuevamente al escenario, esta vez bautizada como Nuestra Señora de los Ramos. En esta oportunidad, los personajes de Juan Manuel Blanes, Nicanor y Carlota fueron simplemente nombrados como Padre, Hijo y Ella.  

En 1997 se publicó la novela El general, el pintor y la dama, de la escritora argentina (entrerriana) María Esther de Miguel. Una obra de gran repercusión donde se combinan los hechos probados con los probables y en la que aparece también, el Gral. Justo José de Urquiza, por entonces Presidente de la Confederación Argentina y el primer mecenas de Juan Manuel Blanes.

En el 2002, Antonio Larreta publica El guante. Una vez más, a ficción llena muchos vacíos históricos. Esta narración está ambientada en los últimos tiempos de Juan Manuel Blanes. El protagonista principal es un pintor uruguayo llamado Juan Linari que llega a Venecia buscando a su hijo que si se llama Nicanor.

Están presentes en el relato las pasiones y los celos entre padre e hijo entorno a la amante del padre, así como las relaciones incestuosas entre hermanos, combinados con otra serie de hechos improbables que le agregan misterio al relato y a la leyenda de Carlota Ferreira.

 

XVIII
 El cuadro del Dr. Regúnaga  

 

El 7 de marzo de 1923, fue donado formalmente, al Museo Histórico Nacional, el olvidado retrato que Juan Manuel Blanes pintó del Dr. Regúnaga.

Se trata de un imponente cuadro de óleo sobre tela, de 185 x 153, es decir, de dimensiones similares al retrato formal de Carlota y que probablemente, durante algún tiempo lucieron juntos en el hogar de esta matrona.

El ingreso formal al museo, en aquel entonces, dirigido por Telmo Manacorda, lo efectúa el señor Raúl Viana Giró, “en representación de su esposa”, Esther Gutiérrez de Viana Giró, quien a su vez, era hija de Carmen Regúnaga.

Así lo expresa el Expediente 117:

“Que cumpliendo los deseos manifestados por su señora madre, Doña Carmen Regúnaga de Gutiérrez, antes de su fallecimiento, viene por el presente a hacer entrega del retrato del señor padre de la misma, Doctor Emeterio Regúnaga, a este Museo, en carácter formal de donación de dicho retrato, obra del ilustre pintor Juan Manuel Blanes y que representa al distinguido patriota…”

Hasta ese momento, el retrato estaba disponible en el Museo de Bellas Artes, y se disponía entonces, su traslado al Museo Histórico Nacional.

Recordemos que fue un cuadro olvidado. Los historiadores no se detienen a dar detalles de esta obra y en cambio, destinas sus tintas a la referencia de todo lo que vino después. Esto llevó a muchos, incluso, a pensar que el cuadro, tal vez nunca se pintó, sin preocuparse demasiado en verificar tal supuesto.

La imagen de Regunaga es la de un hombre maduro, de frente despejada, algo ganado por la calvicie, de recortada barba y amplios y encanecidos bigotes. El retratado aparece sentado, con la mano derecha apoyada sobre su correspondiente pierna y la otra reposa sobre una mesa, donde se encuentran plumas y libros abiertos. Atrás, hacia la izquierda, se observa una biblioteca, como correspondía para retratar a un distinguido jurista. Hacia el otro costado, sólo el vacío de una pared lisa.

Los claroscuros, contrastan con una colorida alfombra con estampas de rosas.

La chapa que le da identidad, lleva escrito el apellido correctamente escrito, es decir, Regunaga sin tilde, ya que los apellidos vascos no lo llevan. También se hace alusión a su rol como garante de la Paz de Abril.

Hoy se exhibe, en el Museo Romántico.

 

Bibliografía

 

 

Achugar, Hugo, Planeta sin boca. Escritos efímeros sobre arte, cultura y literatura. Trilce, Montevideo, 2004.

Barrán, José Pedro, Apogeo y crisis del Uruguay pastoril y caudillesco. 1839 – 1875. Banda Oriental, Montevideo, 2011.

Berriel, Enrique Ariel, Desde el Juan Chazo de ayer al 25 de Agosto de hoy. Tierra Adentro, Montevideo, 2009.

Berriel, Enrique Ariel, Memorias del departamento de Florida. Tierra Adentro, Montevideo, 2013.

Carbajal, Miguel, BlanesArte uruguayo de los maestros a nuestros días. El País, Montevideo.

Castellanos, Alfredo, Timoteo Aparicio, el ocaso de las lanzas. Banda Oriental, Montevideo.

De Salterain y Herrera, Eduardo, Blanes. El hombre, su obra y su época. Impresora Uruguay, Montevideo, 1950.

Fernández Saldaña, José María, Diccionario uruguayo de biografías. 1810 – 1940. Linardi, Montevideo, 1945.

Goldaracena, R. El libro de los linajes. Familias históricas uruguayas del siglo XIX. Arca, Montevideo, 1976.

Lorier, Eduardo., Historia de Florida. Banda Oriental, Montevideo 1989.

Peluffo Linari, Gabriel, Historia de la pintura uruguaya, T. I. Banda Oriental, Montevideo, 1999.

Pérez Santarcieri, María Emilia, Amores, amoríos y pasiones en la historia de Montevideo. Ediciones De la plaza, Montevideo, 2003.

 

 

 

 

 


[1] Carbajal, M., Blanes. P. 44. La Sarfati era una opinión autorizada de larga data. El Duce la había enviado a Nueva York para vender obras de arte, de firmas auténticas pero dudosos propietarios, que por tal razón, no podían circular en Europa. Luego emigró a Sudamérica y se instaló en el Río de la Plata.

[2] El territorio de nuestro departamento formaba parte del Departamento de San José, tal como lo había dispuesto el régimen artiguista en 1816 y ratificado luego por el gobierno patrio de 1828. Hasta entonces, también integraba el Departamento de San José, el territorio del actual Departamento de Flores, último departamento en crearse, en 1886.

[3] En aquellos tiempos, bautizó la villa como Villa Restauración, ya que esa era su causa, restaurar el orden quebrado con el alzamiento de Rivera y restaurarse él en el poder. Con la Paz del 8 de octubre, ya no era un objetivo alcanzable y la prioridad era la unión. Por eso la villa fue rebautizada como Villa Unión.

[4] El 24 de agosto ya habían protagonizado un nuevo levantamiento y esa vez, fueron apoyados por algunos “doctores” blancos. Llegaron a tomaron El Fuerte (Casa de Gobierno). En octubre de 1855 los conservadores intentaron asesinar al Gral. Manuel Oribe acribillando su carruaje. Y el 25 de noviembre protagonizan otro motín y vuelven a tomaron El Fuerte. Esta vez el levantamiento duró 5 días y fue lo que motivó el Pacto de la Unión. En estas circunstancias se dio un episodio curioso que muestra hasta que punto se expresaba la complejidad social que venía conformando el desarrollo de nuestra nación, complejidad que desde luego, también se traducía en el terreno político. Cuando las fuerzas de Oribe y Flores ingresar a la ciudad, tomaron posiciones desde la Plaza Matriz. La ciudad vivó momentos dramáticos. Los “gubernistas” apostaron tiradores en las torres de la Iglesia Matriz desde donde tiraban hacia El Fuerte. Pero al otro día, las colectividades de ingleses, franceses e italianos, lograron detener el tiroteo, no con ánimo pacifista sino por un acuerdo provisorio: querían festejar la caída de Sebastopol y a pesar de tener todo un país vacío para realizar su fiesta, querían hacerlo en Montevideo. El festejo fue de 1.500 cubiertos, mientras los criollos suspendían temporalmente su enfrentamiento, lo cual demuestra el peso político de estas colectividades. También muestra la existencia de dos países que aún no se terminaban de integrar: el de los “orientales” y el de los europeos, cada cual con sus propias pasiones.

Finalizado el festejo, se reanudó la lucha hasta que los “gubernistas” lograron reducir el motín. 200 conservadores fueron detenidos y embarcados a Buenos Aires. Se decía en forma irónica que “todo” el Partido Conservador iba en ese barco.

Barrán, J. P., Apogeo y crisis del Uruguay pastoril y caudilles. 1839 – 1875. P.61.

[5] Berriel, E. A., Desde Juan Chazo de ayer al 25 de Agosto de hoy. P. 113.

[6] Ver Solé, A., Tierra tempestuosa. Florida, 1904, Ed. Rumbo, Montevideo, 2006.

[7] Documentación del Poder Judicial de Florida, rescatada por el Dr. Hilario Castro.

[8] Lorier, E. obrcit. P. 119.

[9] Castellanos, A., Timoteo Aparicio. El ocaso de las lanzas. P. 41.

[10] Castellanos, A., obr. cit.P. 41.

[11] Castellanos, A., obr. cit.P. 42

[12] Lorier, E. obrcit. P. 119.

[13] Lorier, E. obrcit. P. 119.

 

[14] Fernádez Saldaña, obr. cit. P. 1064.

[15] Fernádez Saldaña, obr. cit. P. 1064.

[16] Berriel, E. A., obr. cit. P. 114.

[17] Documentación del Poder Judicial de Florida, rescatada por el Dr. Hilario Castro.

[18] Barrán, J. P., obrt. cit. P. 64.

[19] Fernádez Saldaña, obr. cit. P. 1266.

[20] Jorge Centurión (1911 – 2002) fue un gran artista autodidacta, nacido en Entre Ríos, Argentina, pero naturalizado en Uruguay. Pintor, acuarelista, dibujante y caricaturista, siempre poseedor de un estilo muy talentoso, Como pintor, supo como nadie, plasmar los años 20 rioplatense a base de un estilo muy simpático y original. Como caricaturista, dibujó para El Bien Público, El Diario, Marcha y Uruguay y Mundo Uruguayo. No deja de ser una curiosa coincidencia que uno de los más grandes pintores uruguayos del siglo XX, haya vivido en la misma casa que Carlota, cuyo retrato es el ícono de la pintura uruguaya.

[21] Pérez Santarcieri, M. E., Amores, amoríos y pasiones en la historia montevideana. P. 55.

[22] Fernádez Saldaña, obr. cit. P. 1064.

[23] Fernádez Saldaña, obr. cit. P. 1064.

 

[24] Fernádez Saldaña, obr. cit. P. 1064.

 

[25] Ser las hijas de un pulpero no sería lo más distinguido, pero tampoco era poca cosa. Tener un buen almacén era una buena catapulta para que los hijos ascendieran en la sociedad y se iniciaran en la política. Muchos caudillos, e incluso presidentes fueron hijos de pulperos. El pulpero era un ser letrado y hábil en las cuentas, lo que no era poca cosa, en esos tiempos. Las pulperías eran lugares de abastecimiento pero también centros de sociabilidad, lugar donde se mataba el aburrimiento, con tragos, música, bailes y juegos. La información se obtenía generalmente en esos almacenes, sobre todo, si eran de campaña. Hasta ahí llegaban los diarios y luego el teléfono y la radio. El pulpero decidía a quién fiarle y cuánto. También decidía a quién darle de beber y hasta cuándo. Las patriadas generalmente se armaban a las puertas de las pulperías y no pocas veces eran el lugar de retorno luego de las batallas, donde muchas veces, se atendía a los heridos.

De todos modos, es evidente que el gallego Ferreira, no hizo gran fortuna, ya que al enviudar de la madre de Polonia, le tuvo que pedir prestado dinero al hombre con el que su hija se vinculaba afectivamente, tal como lo explica de puño y letra en su testamento de 1842: “para bien de satisfacer los gastos de su entierro y funerales, luto y botica, tube que pedir emprestados cincuenta pesos á Don Juan María Pérez.” Goldaracena, R. El libro de los linajes, 221.

En tiempos de soltero de este potentado patricio, dueño de 17 saladeros, una flota de barcos y el molino del Buceo, Polonia Ferreira tuvo una hija, Carolina Amalia Pérez, quien en 1846, se casó con el militar José Martín Aguirre, militar de las guerras de la independencia, con quien tuvo cinco hijos. En 1828, cuando Pérez se casó con Paula Fuentes, Polonia no tardó en relacionarse con Manuel Amaya, también militar, con quien se casó en 1832 y con quien tuvo cuatro hijos. Los primeros nacieron antes del matrimonio.

Desconozco la existencia de algún retrato de Polonia Ferreira. Era común que los hombres pudientes hicieran retratar a sus amantes, pero tratándose de un hombre que eligió la Teología como estudio para doctorarse, es poco probable que Juan María Pérez quisiera dejar la imagen de aquella compañera con la que no regularizó unión. En cambio, le encomendó a Cayetano Galindo dos espléndidas obras: una en la que se encuentra Pérez con una de sus hijas y en la otra, su esposa con otra hija.  

[26] El desconocimiento de algunos autores los ha llevado a decir “dos o tres”. Hay también sobre estos hijos un mando de desconocimiento que los vuelve misteriosos. Muchos autores han afirmado que no se sabe nada de ellos, pero esta investigación logró recuperar algunos datos sobre la hija Carmen.

[27] Sus padres eran primos segundos: Javier de Viana Ximénez y María Dolores Oribe y Viana.

[28] Por Jorge Páez Vilaró, Vicente Martín, Pedro Peralta, Álvaro Amengual, Nelson Balbella, Yamandú Castelar, Pati Fernández, Miguel Bettagazzore, Carlos Lemos, etc. Son muchos más los autores que han parodiado este cuadro que los que lo han hecho con El  Juramento de los Treinta y Tres Orientales, (Capelan, Tiscornia, Iturria, D´Angelo, etc.). Pero además, este otro cuadro, no ha sido objeto de inspiración para la narrativa de ficción o el teatro como lo fue el retrato de Carlota. El retrato de Carlota ha llegado a consolidarse tanto en los últimos tiempos en el imaginario nacional, que se ha inaugurado un restaurante de tenedor libre, llamado La Carlotay cuya decoración está dominada por una enorme tela, obra de Pedro Peralta, parodiando al famoso retrato. También aparece Carlota, en el afiche de uno de las ediciones del Festival de Cine Llamale H. Al final, el retrato de Blanes terminó siendo otro aporte a nuestra identidad.

Hoy Blanes nos puede parecer en algunas producciones, un tanto anticuado, precisamente en algunos de trabajos en los que menos se sintió conforme pero si dejó satisfecho a  su principal cliente: el Estado uruguayo. Hoy el retrato de Artigas no nos conforma. Tampoco nos conforma El  Juramento de los Treinta y Tres Orientales. Pero Carlota, cada vez nos atrae más, su misterio cada vez nos seduce más, con la misma capacidad de inquietarnos con la que llevó a muchos de sus amantes al abismo.       

[29] Tanto en este retrato como en el del Dr. Regunaga, Blanes escribe bien el apellido, es decir, sin tilde, ya que en lengua vasca el tilde no cuenta.

[30] Pérez Santarcieri, M. E., obr. citP. 56.

[31] Pérez Santarcieri, M. E., obr. citP. 56.

[32] Achugar, H., Planeta sin boca. Escritos efímeros sobre arte, cultura y literatura. Trilce, Montevideo, 2004. P. 188.

 

[33] Pérez Santarcieri, M. E., obr. citP. 56.

[34] Saltarian y Herrera, E. Blanes. El Hombre, su obra y su época. P. 233.

[35] Pérez Santarcieri, M. E., obr. citP. 56.

 

[36] Fernádez Saldaña, obr. cit. P. 670.

[37] La casa fue a comprada al Dr. Jurkowski, por la familia Solano, hasta que esta familia la vendió al colegio. Durante décadas, fue costumbre de familia, asustar a sus miembros más pequeños con el fantasma de Jurkowski.

[38] Achugar, H., obr. cit. P. 190.